Goddess Conference
Hay lugares a los que llegas y, de alguna manera extraña, tienes la sensación de que también estás regresando.
Llegué con muchas cosas moviéndose por dentro, sin saber del todo qué encontraría allí ni qué necesitaba encontrar. Y quizá esa haya sido una de las grandes lecciones del viaje: no hace falta llegar a todas partes buscando respuestas. A veces solo hay que estar, escuchar y dejar que algo se recoloque.
Durante estos días he caminado por el Tor, he descansado en los jardines de Chalice Well, he recorrido las ruinas de la Abadía, he visitado la pequeña capilla de St. Margaret y he sentido, una y otra vez, esa mezcla tan particular que tiene Glastonbury entre historia, leyenda, naturaleza y misterio.
Y después ha estado la Goddess Conference.
Días compartidos con mujeres y también con hombres llegados de muchos lugares: ceremonias, música, danza, silencios, abrazos, conversaciones inesperadas y momentos profundamente simbólicos. Todos reunidos alrededor de una misma intuición: que lo femenino, el cuerpo, la Tierra, los ritmos y lo sagrado necesitan volver a ocupar un lugar que durante demasiado tiempo les ha sido negado.
No me interesa tanto decidir qué es “real” y qué es “mito” cuando se habla de Ávalon, porque hay mitos que no sirven para explicarnos el pasado, sino para recordarnos algo de nosotras mismas.
Y ese es el Ávalon que yo me llevo: un espacio interior, un lugar al que regreso cuando dejo de querer controlar el camino, cuando escucho mi cuerpo, cuando confío en la intuición y cuando recuerdo quién soy bajo todas las capas, todas las expectativas y todas las historias que me he contado.
He vuelto de Glastonbury sin todas las respuestas pero, curiosamente, con menos necesidad de tenerlas.
Gracias, Glastonbury.
Gracias, Ávalon.
Gracias a quienes habéis compartido estos días conmigo.
Algo mío se ha quedado allí y algo ha regresado conmigo.



